Darío tiene dieciséis años y su mundo está hecho un caos: “una manzana podrida”, como se lo repiten sus profesores. Vive con su madre, con quien poco se habla. Su padre los abandonó cuando Darío era solo un niño, llevándose consigo todos los recuerdos felices. Después de otro enfrentamiento en la escuela, el director, como castigo, lo inscribe en un servicio de asistencia “voluntaria”. Allí conoce a Andy, un estudiante en silla de ruedas, incapaz de comunicarse; los dos no podrían ser más diferentes. Sin embargo, en un repentino acto desesperado, Darío lleva a Andy a un viaje hacia ningún lugar, un viaje de descubrimiento, transformaciones y redención.